“La neoecología que critica a Delibes es una tontería muy grande”


Campesino, naturalista, escritor y geógrafo. En ese orden. Joaquín Araújo (Madrid, 1947) es provocador en sus palabras y, si pudiera, le gustaría hablar muchísimo más en territorio enemigo. Vive en mitad del campo de Extremadura, en el más absoluto silencio. Pasa semanas sin ver a persona humana y no duda en responder que, aunque no lo creamos, no echa de menos ni a nada ni a nadie porque la naturaleza es lo completo.

‘Los árboles te enseñarán a ver el bosque’ (Ed. Crítica), su último libro, reflexiona sobre la relación íntima, una alianza casi de abrazo y caricia, que el ser humano debería tener con los bosques y el miedo tremendo que tenemos al silencio y a la libertad, a pesar de buscarla desesperadamente a lo largo de nuestras vidas. No es benévolo en sus respuestas, es cierto, pero aún alberga la esperanza de que el mundo actual tenga solución.

¿Cómo está, Joaquín?

Escandalosamente bien. (Risas) Con tantos problemas, desgracias y situaciones tremendas te diré que, a mí, de momento, la vida me ha respetado. Todo esto –la pandemia– me ha pillado en mi soledad de Extremadura y, de verdad, puedo decirte que he pasado la mejor primavera de mi vida.

¿Y eso? ¿Por qué ha habido aún más silencio del habitual?

Vivo de forma tremendamente aislada, pero como ha habido una confabulación de elementos positivos para la naturaleza ha sido todo genial. He disfrutado muchísimo de mi triple condición de campesino, escritor y naturalista.

¿Por qué tenemos tantísimo miedo al silencio?

Porque es realmente lo que nos permite, de verdad, entender algo. Por supuesto, también nos deja darnos cuenta de nuestra propia fragilidad. Tenemos miedo a la soledad y a la libertad, algo que es curioso porque no hay un ideario humanista que no diga que el hombre es el inventor de la libertad y que hay que conseguirla como sea y, luego, cuando te encuentras a la verdadera libertad sales corriendo despavorido. Pero, además, esta civilización es la del aturdimiento, todo se ha convertido en ruido.

Y en velocidad.

Sí, claro, el ruido es una consecuencia de la velocidad. Estamos atenazados por el amontonamiento, la prisa, la velocidad y la comodidad. Estamos sujetos a estas cuatro apisonadoras que lo machacan todo.

Manuel Molina decía, hablando de flamenco, naturalmente, que uno podía tener la capacidad para tener un Ferrari, pero no por ello tenía que ir a 300 km/hora porque no se disfruta de los pájaros, de los árboles, del detalle de la vida, etc. ¿Vamos en Ferrari?

Está claro que sí. Puedo poner en tu memoria un verso especialmente corto de Jorge Guillén que es “se pierde, el que se lo pierde” y esta civilización se ha perdido porque, sencillamente, ha decidido perderse los grandes espectáculos de la vida, la belleza, la solemnidad o la serenidad.

¿Y tenemos remedio?

Sí, creo que sí. De momento, a pequeña escala y en proporciones casi minúsculas, pero es importante dejar una cosa muy clara: todas las desgracias, enfermedades, mezquindades, injusticias o desigualdades que caracterizan a esta civilización y esta cultura tienen su antídoto. Escribiendo todos podemos tener geniales ideas, las propuestas más profundas y honradas, pero cuando esas ideas son llevadas a la práctica y se demuestra que funcionan es cuando queda rotundamente demostrado que tenemos remedio. Lo que pasa es que a la práctica lo hemos llevado muy pocas personas en el planeta. Los hay que dicen ‘esto es lo que hay’, que es la peor frase inventada por la humanidad, porque no podemos hacer nada siempre pienso: ¡Claro que podemos hacer, pero si ya lo hemos hecho! Tenemos absolutamente todas las soluciones ensayadas, pero sólo puestas en marcha por extremadas minorías.

¿Su sensación es que todo está en venta y, además, aliñado con incoherencia?

La llamada realidad está apuntalada con mucha inversión de dinero, talento, tiempo y poder político, por eso, sólo cuando se sale de ella y se abandona la noria de la incoherencia, aunque pocos se escapan, se puede comenzar a descubrir que hay algo muchísimo mejor. La naturaleza es eso, un lugar del apaciguamiento donde no hay ni compra ni venta, un espacio donde el dinero no tiene ningún sentido. Tengo la suerte de vivir la mayor parte de mi tiempo en estas condiciones, así que para mí no tiene ningún sentido ni el dinero, ni el reloj, ni el calendario.

¿Cómo ve la educación que se le está dando a los niños hoy?

Va lentamente mejorando.

¿En serio?

Sí, debemos decir que no todo está extremadamente mal. Los que llevamos más de 50 años dedicados a intentar explicar a esta sociedad que depende de la naturaleza, que hablar de ella tiene el mismo rango intelectual que otro tema o que conviene llevar una vida más humana, lenta y sensata, tenemos que decir que hoy, por primera vez, hay algunas propuestas que nos hacen caso. Incluso, se está incorporando el conocimiento de la natura y del campo al sistema educativo. Aunque, insisto, el porcentaje es pequeño. Pensemos, además, que grandísimas empresas tienen hasta la necesidad hipócrita del famoso lavado en verde. Ahora casi todo el mundo tiene que presumir de algún rasgo ecológico y eso significa que algo se ha conseguido.

¿Quizá porque el consumidor es más consciente?

Claro, claro. Además, la trágica crisis sanitaria ha llevado a mucha gente a replantearse que hay que vivir de otra forma. Hay bastantes más testimonios y más propuestas económicas y sociales que antes. Pensemos que las ayudas económicas que rescaten a este país tendrán como condición que tendamos a una economía más circular y sostenible, ¿no? Nos dicen: «Vale, les vamos a dar miles de millones, pero no me los empleen ustedes en plastificarlo todo o poner miles de coches de gasolina en circulación». Y esto es un avance que debemos tener en cuenta.

¿Nunca echa de menos a nadie?

No, porque la naturaleza es lo completo; lo incompleto es la ciudad. Por supuesto, tengo familia y muchas personas a las que ver y, además, soy plurimilitante porque tengo carnet de 34 asociaciones diferentes y tengo una vida pública intensa como conferenciante. Pero no, la verdad es que cuando estoy en el bosque, que es mi casa, no echo de menos a nadie.

¿Estamos tomando el nombre del campo y el ámbito rural en vano?

Casi en paralelo con la construcción de un nuevo modelo económico está habiendo también una pequeña efervescencia de la cultura rural. Hay algunos trabajos interesantes en el ámbito de la literatura, pero también hay cierta rebeldía en el sector porque, es tanta la injusticia la que les ha caído encima a los que nos alimentan, que los temas del campo –que son inseparables de la tragedia climática y la extinción de las especies– deberían tener una dignísima posición en la sociedad. Se debe proceder a una justicia económica que, además, permitiría que mucha más gente pudiera regresar al campo. Así pararíamos el problema demográfico y estableceríamos unos puentes más transitados entre lo rural y lo urbano.

A mí de los pueblos, sin duda, lo que más me gusta es la sabiduría innata de la gente que los habita.

Eso es lo que llamamos la vieja lenta sabiduría. El que está en contacto con la naturaleza, que no ha ido a la universidad, que a veces no sabe leer y escribir, tiene unos conocimientos absolutamente impresionantes. Mira, una de las cosas más importantes que me han pasado en mi vida fue conocer a la persona que me enseñó la palabra atalantar –significa invitar, ser hospitalario, ser acariciador, ser tierno–, se llamaba Bernabé, era pastor y no tenía en absoluto más sabiduría que la de estar todo el día en plena naturaleza.

‘Al bosque, que ha publicado todos los libros’, así comienza el libro. ¿Una obviedad no tenida en cuenta?

Sobre esta frase mucha gente me dice: ‘Es verdad, claro, es que estás contando una obviedad en la que nadie cae en la cuenta’. Cuando a mí me preguntan por qué planto árboles, mi contestación siempre es la misma, lo hago porque me publican libros. ¡Así que tendré que plantarlos! Es obligado y lógico.

Ha plantado alrededor de 25.000 árboles a lo largo de su vida.

Sí. De hecho, nombre propio tienen algunos pocos centenares, no más de 300, pero lo que tiene nombre propio y aún tiene más importancia son los bosquetes homenaje a personas queridas y admiradas. Cuando vas al bosquete de Miguel Delibes, por ejemplo, sabes que hay 86 árboles porque son los años que vivió.

Últimamente, hay una corriente liderada por neoecologistas y neonaturalistas que afirma que hay que escuchar más voces aparte de la de Delibes porque escribía sobre el medio rural y la naturaleza desde su holgada posición económica y social medio-alta. ¿Qué le parece a usted esta afirmación?

La tontería es muy grande en el mundo. Parafraseando a Ortega y Gasset te diré que es terrible lo poco que saben los naturalistas de naturaleza. Una ignorancia que, por cierto, podemos aplicar a muchos sectores y es un auténtico drama. Delibes, para empezar, era de una honestidad intelectual absolutamente desbordante. ¿Aparece el tema de la caza? Sí, aparece el tema de la caza. Yo no soy cazador, mi finca, de hecho, es la única reserva biológica de Extremadura donde no caza nadie, pero lo que aporta Delibes al conocimiento de la naturaleza, a la sensibilidad y a la comprensión de la cultura rural, así como a la denuncia absolutamente lúcida de la trampa que supone la civilización del progreso es inmenso. Como ecologista que soy, reconozco en Delibes a alguien inspirador y precursor de mí mismo. Si no hay mentecatez y sesgo extremado desde el punto de vista ideológico, Delibes es una auténtica maravilla.

Para los árboles y los bosques, ¿es más peligroso un pirómano o un indiferente?

El pirómano es el uno por millón y el indiferente el millón por uno. Los indiferentes son la inmensa mayoría, un libro como el mío pretende llamar la atención, crear árboladictos como yo, sintonías y afiliaciones casi casi cómplices con el bosque. Considero, además, que sólo la vivencia emocional de los paisajes podrá rescatarlos. Primero la gente debe enamorarse de lo que está viendo y así, después, comenzar a hacer cosas. El enemigo público de la vida es la indiferencia.

Imparte 100 conferencias anuales, ¿le ha mirado su auditorio alguna vez como si fuera un lunático? 

(Risas) Sí, pero, por desgracia, debo decir que son pocas las conferencias que das en territorio enemigo que son las que a mí me gustan como, por ejemplo, aquella que di en REE o en McDonald’s España. Imagina que les digo a los señores que venden hamburguesas que, si quieren tener una verdadera vida ecológica y quieren ser verdes de verdad, no sirve sólo con que el cartón donde van las patatas sea reciclables, sino que las propias patatas tiene que ser de cultivo natural y orgánico, y, que la vaca que da la carne, tiene que ser una vaca trashumante avileña. Cuando ustedes hagan eso, les dije, podrán presumir de ecológicos, pero no lo son por poner un papel reciclado de más.

Si hacen eso no podrían ni cubrir la demanda ni tener la política de precios actual.

Sí, pero sí que podrían estimular lo suficiente para que algún día puedan hacerlo. Volviendo a tu pregunta anterior, efectivamente son muy pocas las veces que puedes hablar a gente que piensa diametralmente distinto, es más, te perdonan hasta la vida y eso me hace mucha gracia. Me dicen que soy un caso especial, que estoy loco o es que lo mío es un privilegio de la fortuna. Pero tengo muy claro que si yo lo hecho, lo puede hacer cualquiera. No tengo ni una milésima, ni un gramo de héroe, ni de Súperman, ni de San Francisco. De nada. A la gente le cuesta creer que haya plantado 25.000 árboles, pero es que a ello le dedico unos 10 días al año, como siete y ocho horas diarias. Con eso plantas 1.000 árboles anuales. Insisto, lo puede hacer cualquiera, que no soy ni un tipo fortachón, ni grandote. (Risas).

¿Es la provocación su arma para zarandear a las personas? 

Sí, sí, sí. Soy provocador en mis propuestas, sobre todo porque muchas de ellas son de ir a contracorriente y de ir en contra de las maneras, los usos y las costumbres de la inmensa mayoría. Tú piensa que en una sociedad que siempre intenta estar del lado de los vencedores, los oportunistas y los triunfadores, yo lo primero que siempre hago es definirme como campesino antes que escritor, periodista, geógrafo o premio de nada.  Es decir, el primer título para la consideración social de mi vida es el de campesino y eso, en sí mismo, ya es una provocación en este mundo porque todo se ha convertido en trivial, flojo, lelo y noño. Es tremendo.

Dice que la ganadería y el lobo son compatibles, ¿no es acaso esta afirmación un oxímoron?

Es compatible si se hacen bien las cosas. Los lobos tienen un papel absolutamente crucial en la naturaleza y, yo soy ganadero, eh, soy pastor de cabras, pero es que cuando haces una gestión absolutamente cómoda de tu ganadería, el problema del lobo es sólo para la ganadería sin pastor porque hay miles y miles de vacas y de caballos que están sin ningún tipo de vigilancia en los montes españoles. Pero, si tú eres pastor, vas con cuatro mastines y en lugar de dejar las cabras o las ovejas donde les parezca bien te las llevas todos los días a un aprisco, el problema es cero. Eso sí, hay que currárselo. También es complicado porque, lógicamente, los precios que recibe el ganadero por su trabajo son absolutamente insultos a la dignidad humana. Lo que está claro es que la ganadería debería ser extensiva, y, por supuesto, tendríamos que comer mucha menos carne de la que comemos.

Hasta otra, Joaquín, que la vida le atalante.

(Risas) Así acabo todas mis conferencias. Lo mismo te deseo.